No hay que preparar nada
Es la pregunta que más me hacen por email antes de una primera cita, y la respuesta es que no. No hace falta traer un relato ordenado, ni saber ponerle nombre a lo que te pasa, ni haber decidido por dónde empezar. Si supieras explicarlo con claridad, probablemente no necesitarías la consulta.
Venir con la cabeza hecha un lío es el estado normal de una primera sesión. Parte de mi trabajo es precisamente ese: ayudarte a poner orden en algo que ahora mismo se te presenta todo a la vez.
Los primeros minutos: lo aburrido pero necesario
Empezamos por el encuadre, y lo hago siempre aunque tenga poco glamour: cuánto dura, cada cuánto nos vemos, cómo funciona el pago, qué pasa si un día no puedes venir y, sobre todo, la confidencialidad y sus límites legales.
Ese último punto merece decirse en voz alta. Lo que se habla en sesión está protegido por el secreto profesional. Las excepciones son estrictas y las conoces de antemano: riesgo grave para tu vida o la de otra persona, y requerimiento judicial. Nada más.
El grueso: qué te trae y desde cuándo
Después te dejo hablar. Sin guion, por donde te salga. Iré preguntando, pero no es un interrogatorio: son preguntas para entender el contorno de lo que cuentas. Desde cuándo. En qué momentos aprieta más. Qué has probado ya. Qué pasa cuando lo intentas.
También preguntaré por cosas que quizá no relacionas con el motivo: cómo duermes, cómo comes, con quién cuentas, qué tal el trabajo, si hay consumo de algo. No es cotilleo, es que casi nunca lo que trae a alguien vive aislado del resto.
Y si en algún momento te bloqueas, o lloras, o te quedas en blanco, no pasa absolutamente nada. Está previsto. No hay que rendir.
El final: con qué te vas
Los últimos diez o quince minutos son míos para devolverte algo. No un diagnóstico —eso no se hace en una hora y quien lo haga va demasiado rápido—, sino una primera lectura: qué me parece que está pasando, qué relación veo entre las piezas que has traído y por dónde propondría empezar.
De ahí sale también una previsión honesta de cuánto puede llevar esto. Si creo que con pocas sesiones se desatasca, lo digo. Si creo que lo que necesitas es otra cosa —una valoración médica, un recurso especializado, otro profesional—, también lo digo, aunque signifique que no volvamos a vernos.
Y te vas sin ningún compromiso. La primera consulta sirve, entre otras cosas, para que decidas si te encaja trabajar conmigo. Que no encaje es una respuesta perfectamente válida.
¿Y si es online?
Cambia menos de lo que la gente espera. Recibes un enlace de videollamada en el email de confirmación, lo abres a la hora acordada y no hay que instalar nada. Lo único que pido es que estés en un sitio con intimidad, con auriculares si compartes espacio.
Hay quien teme que por pantalla se pierda algo. Mi experiencia, y lo que dice la evidencia disponible, es que para los motivos de consulta más habituales en adultos el resultado es equiparable al presencial. Lo que se gana —no desplazarte, poder sostener la continuidad aunque cambies de ciudad— suele pesar más.